El Perro y El Mono
obra en dos actos

original de

Gabriel Pingarrón
 

 

PERSONAJES POR ORDEN DE APARICION:

EL PERRO

EL MONO

HORACIO

EL PERLA

YAZMIN

 

A la izquierda, el cuartucho de azotea del Perro y el Mono: un par de camastros                     desvencijados, un buró entre ambos, una cajonera vieja, una pequeña mesa rectangular de madera y dos sillas de mimbre deshilachadas. Sobre la mesa varios objetos desperdigados: vasos, tazas, un cenicero, botes de cerveza. En el respaldo de las sillas y en los asientos cuelgan un par de toallas y ropa sucia. Al fondo, hacia la izquierda, la puerta del cuarto.

Al centro, la estancia de un departamento elegante. A la izquierda, hacia el fondo, una puerta que lleva a la cocina. Al otro extremo, la puerta del departamento y, abajo, a la derecha, otra puerta que lleva a las habitaciones interiores y al baño. El típico departamento de soltero de un hombre de buena posición. En el cuartucho, el Perro y el Mono están echados cada uno en su camastro, el Perro, dando las últimas fumadas a una bacha de mariguana.

 

EL PERRO.- (después de apagar y tirar la bacha) Ya se hizo de noche.

EL MONO.- Sí.

EL PERRO.- Y ya se me empezó a hacer agua la boca y a parárseme el fierro.

EL MONO.- A mi también. (pausa) ¿Y qué, dónde vamos ir hoy?

EL PERRO.- No sé. Pero no donde fuimos ayer.

EL MONO.-¡No, ni madres! ¡Fue mucho pedo¡ ¡Si no ha sido por el madrazo que se dieron los de la patrulla que nos perseguía nos hubieran apañado!

EL PERRO.- (burlón) ¡Sí! ¡Pinches güeyes, no vieron el poste de la esquina donde nos dimos vuelta y se fueron derechito a él los pendejos! ¡Já, já, se llevaron un buen putazo!

EL MONO.-¡Nos salvamos de puro milagro, güey!

EL PERRO.-¡Sí, cabrón! Además, por ahí hay puro pinche muerto de hambre. Los dos ojetes a los que les caímos primero no traían ni en que caerse muertos. Si no es por el culerito que nos encontramos después de la corretiza, nos vamos en blanco.

EL MONO.-¡Ese no era un muerto de hambre, traía billullo, dos mil varos!

EL PERRO.-¡Chico piquetote que le receté! ¡No mas vi cómo alzó la mirada y se le pusieron los ojos en blanco! (ríe)

EL MONO.- ¡El culerito no supo ni en que momento lo apergollé y le torcí el pescuezo! ¡Ni gritó! ¡Sólo movía las patas, como las gallinas! (ríe)

EL PERRO.-¡Se quiso pasar de verga, nos hubiera dado la lana luego, luego y no le hubiéramos hecho nada!

EL MONO.- ¡Fue muy pendejo! Pero pos ora ya, si se murió, fue su pedo

EL PERRO.- ¡Quién sabe, igual y lo recogieron pronto! (pausa) Bueno, y qué, ¿cuánta  lana sobró?

EL MONO.- Nada mas cien bolas.

EL PERRO.- (Sacado de onda) ¿Nada más? ¡No mames!

EL MONO.- ¿No mames?  ¿No te acuerdas que te pusiste a regalarles dinero a unas viejas que se nos acercaron? ¡Ni te acuerdas, güey! Estabas tan pedo que no te pudiste coger a ninguna. Te quedaste bien clavado en la mesa. Se fueron las viejas, cerraron el congal y tú ahí, como muerto. ¡Pinche Perro, hasta me asustaste!

EL PERRO.- ¡Fueron las pastas que nos dio el Calaca! ¡Estaban cabronas! Y luego, el toquesote que nos dimos con la Manos de hule. No, pos pinche cruzadota que me di.

EL MONO.- Nos chupamos un litro de Bacachá!

EL PERRO.-¡Uta, pos con razón! Y tú, qué, ¿te cogiste a alguna de las viejas?

EL MONO.- ¡No güey, iba a esperar que tú me lo mandaras! ¡Claro, me cogí a la Ivonne!

EL PERRO.- ¿A la muda?

EL MONO.-¡Ajá!

EL PERRO.- ¡Te la jalas pinche Mono, está re fea!

EL MONO.- Pero muy buena. Además, coge a toda madre.

EL PERRO.- Pero si ni habla ni oye nada!

EL MONO.- ¡Y qué, cabrón! No se necesita ni hablar ni oír para coger, ¿o sí?

EL PERRO.-¿Y qué, te la cachuchaste?

EL MONO.- (irónico) Sí, como no. ¡Ni madres, me cobró un doscientón! 

EL PERRO:- ¡Uta, pos que pendejo, yo no me la cogía ni aunque me pagara!

EL MONO.-Ya estaba re pedo. Y pos me estuvo chingue y chingue manoseándome y arrimándome el chocho mientras bailábamos. Me puso bien jarioso y acabé llevándomela al cuarto.

EL PERRO.-Y mientras yo ahí todo pedote, ¿no, cabrón? ¡Me hubieras despertado, güey!

EL MONO.- ¡Oh pos es que te pasoneas muy gacho, pinche Nerón.  

EL PERRO.-¡No me digas Nerón, pendejo! ¡No me cabulees! ¡Me encabrona, ya lo  sabes! ¡Soy el Perro, ñero! ¡El Perro! ¿O que yo te digo Chita, ojete?

EL MONO.- (conciliando) Bueno, ya. Ahí muere.

EL PERRO.- (burlón, arremedándolo) ¡Ahí muere, ahí muere! (lo empuja) ¡Sáquese, güey!

EL MONO.-(empujándolo a su vez) ¡Qué pedo, cabrón!

 

El Perro responde con otro empujón, lo que da lugar a que inicien una lucha cuerpo a cuerpo, medio en serio, medio en broma hasta que acaban cayendo sobre uno de los camastros, uno encima del otro. Forcejean un poco. Al final, acercan demasiado sus rostros, y sus labios quedan muy próximos, como a punto de besarse. Se miran conteniendo, tal vez, el deseo de hacerlo y se separan, levantándose del camastro.

 

EL MONO.-(luego de una pausa en que ambos se recomponen.) Bueno, hay que ir a ver qué onda.

EL PERRO.-¿Qué onda de qué?

EL MONO.- Hay que salir a conseguir billullo. Doña Chole quedó de pasar mañana por lo del cuarto.

EL PERRO.-¡Qué!

EL MONO.-Le debemos tres meses. Dijo que ora sí nos corría si no nos poníamos al corriente.

EL PERRO.-¡Uta, se me olvidó! Me lo hubieras dicho anoche y no nos hubiéramos gastado toda la lana. ¿´Ora que hacemos?

EL MONO.- No sé, carnal. Déjame pensar.

EL PERRO.- (burlón) ¡Uta madre!

EL MONO.-(después de pensar) ¡Ya sé, cabrón! ¡Ya sé qué onda!

EL PRRO.- ¡Qué!

EL MONO.-¿Te acuerdas del “Ojos de pancha”?

EL PERRO.-¿Quién?

EL MONO.-El güey  que estaba el otro día con los “Chivos” de Iztacalco. El gordo ése medio pichojos que te la hizo de pedo y estuvo a punto de madrearte porque te le quedaste

viendo feo

EL PERRO.-¿A punto de madrearme, güey? ¿Qué me ves manco o discapacitado, güey?

¡No más le hizo al cuento el culero, a la mera hora se echó pa´ tras el ojete! ¡Y el que se me quedó viendo feo fue él!

EL MONO.-¡Bueno ya, lo que haya sido! Pos ése güey.

EL PERRO.-Ese güey, ¿qué?

EL MONO.-La otra vez me contó que fue a un bar de putones que abrieron en la Del Valle lleno de putitos con billullo.

EL PERRO.-¿Y qué, o qué?

EL MONO.-Me contó que fue con un cuate y que ahí conoció a un güey que lo invitó a su casa copn el cuento de que estarían más a gusto “a solas”.

EL PERRO.-¡No mame!

EL MONO.-Yo me lo cotorreé y le pregunté: “¿Y qué, así no más porque sí?” Y me contestó: “No, pos a huevo que no. En el bar nos pusimos a bailar y dejé que me abrazara y me diera unos besitos en la oscuridad...” “¡No mames – le dije -, que pinche asco!” Y siguió: ¿Qué querías que hiciera? No iba a hacer que me llevara a su casa no más por mi linda cara o mis lindos ojos... Así que hasta dejé que me agarrara el chile y me lo apretara pa´ que sintiera el rigor y me tuviera confianza”.

EL PERRO.-¡Orale, pinche Ojos de pancha, ya decía yo que se me hacía medio mayatón el culero!

EL MONO.-En fin, que se salieron del bar, ya bien entrados, y el puto lo llevó en su carrazo hasta su casa.

EL PERRO.-¿Los dos solos?

EL MONO.- De eso se trataba güey, de agarrarlo solito. Bueno, pos que entraron en la casa, una casa muy acá, muy grande, con jardín y todo. La de un cabrón con harta lana.

Y empezaron a chupar y a bailar y todo, como si estuviera con una vieja el güey.

EL PERRO.-(impaciente) Bueno, ¿y qué, se lo cogió o no? ¿Qué pasó?

EL MONO.- ¡´ Pérate cabrón, déjame acabar! Me dijo que le fue dando cuerda hasta que se empezó a poner loco regalándole cosas con tal que se lo cogiera.

EL PERRO.-¿Y se lo cogió?

EL MONO.-¡Oh ´pérate, chinga, no seas tan pinche morboso!

EL PERRO.-¡Es que la haces muy cansada, cabrón!

EL MONO.-Me dijo que no que, más bien, lo madreó y le bajó todo lo que pudo: lana, aparatos, joyas, unas estatuas, no sé que otras madres y hasta el carro.

EL PERRO.-´Pa mi, que sí se lo cogió el ojete.

EL MONO.-¡Qué importa si se lo cogió o no! ¡Lo que importa es que salió rayado!

EL PERRO.-¿Y qué?

EL MONO.-Cómo que ¿y qué? Pos que ahí está el pan, güey.

EL PERRO.-No mames. ¿Quieres que hagamos lo mismo, que vayamos a atracar maricones, a hacerle al puto? ¡Estás pendejo, yo soy machito de ley!

EL MONO.-Esos güeyes siempre traen billullo. Además no hacen nada, les pegas un grito y se desbaratan- Sirve que vamos a otro lado. ¡Ya estoy hasta la madre de estas pinches colonias de jodidos!

EL PERRO.-¡Uta, ¿pos de dónde eres, güey? ¿Quién te sientes, o qué?

EL MONO.-¡Aanímate, pinche can, a la mejor hasta salimos más rayados que el Ojos de pancha!

EL PERRO.-¡Ni madres, hay mucha tira en esas colonias!

EL MONO.-¡Hay mucha tira en todas las colonias, y qué! Ellos andan en su pedo, poniéndose hasta la madre y chingando a los que pueden. Andan en lo suyo, igual que nosotros.

EL PERRO.-¡No, cabrón! ¡No quiero que me apañen y vuelvan a entancarme! ¡No hace ni cuatro meses que salí la última vez!

EL MONO.-¡Uta ´Ora si que hasta culerito te estás volviendo! (lo imita, afeminándose) ¡Ay si, no quiero que me apañen y me vuelvan a meter la verga! (deja de imitarlo) ¡No mame, puto!

EL PERRO.-¿Puto?

EL MONO.-Sí, güey. Eso es de putitos, de culeritos, no de un machín como el que dices que eres. ¡Como si no hubieras entrado y salido del tanque más de 20 veces!                

EL PERRO.-Pinche mono, soy machito de ley, güey: he aguantado la vara y me la he  tragado toda ahí adentro; me he roto la madre con güevos y me la he rifado con verdaderos hijos de la chingada que me la han pelado; he picado a mas de 50 cabrones y mandado al infierno a mas de diez, pendejo! (se acerca amenazador a su compañero y lo sujeta de los cabellos, tirando de ellos con fuerza) ¡No vuelvas a decirme puto, cabrón! (le rodea el cuello con uno de sus brazos y amenaza con torcérselo; el Mono, indefenso, apenas intenta zafarse) ¿Entendiste?

EL MONO.-(doliéndose) ¡Sí, chingada madre! ¡Suéltame! (el Perro lo suelta) ¡No te la jales, güey! ¡Poco más y me ahorcas!

EL PERRO.-Estás advertido, ojete!

EL MONO.-(ya repuesto, retándolo) ¡Uy no me asustes, güey! (va al buró, abre el cajón y saca una navaja) ¡Tú serás muy verga pero conmigo te chingas, culero! (lo amaga con ella)

EL PERRO.-(retrocediendo) ¡Ya, no juegues, guarda eso!

EL MONO.-¿No que muy verga? Muy picudo, ¿no? A ver. Quiero ver si es cierto.

EL PERRO.-¡Guarda esa chingadera! (el Mono estira el brazo, amenazando con picarlo, y el Perro logra esquivar el ataque retrocediendo)

 

El Mono vuelve a atacar con la navaja; después de un par de amagues, el Perro logra sujetarlo del antebrazo. Forcejean hasta que se impone la fuerza del Perro, obligándolo a soltar la navaja; aún sin la navaja, continúan forcejeando.

 

EL PERRO.-¡Pinche Mono, no puedes conmigo!

EL MONO.-(sin darse por vencido) ¡Contigo y con veinte iguales a ti, pinche Rintintín!

EL PERRO.-¡No me pongas apodos porque te rompo la madre, cabrón, ya te lo dije!

EL MONO.-¡A mi me la pelas, pinche Firuláis! ¡Y te pongo los apodos que se me hinchen los güevos!

EL PERRO.-¿Sí, cabrón? ¡A ver, a ver!

                                                                                                                                              Vuelven a trenzarse en una lucha. La fuerza y habilidad del Perro se van imponiendo, hasta que logra inmovilizar al Mono torciéndole el brazo.

 

EL MONO.-(doliéndose al castigo) ¡Pluto! ¡fFido! ¡Káiser! ¡Snoopy! (a cada apodo, el Perro palanquea el brazo con más fuerza; el Mono grita) ¡Ay, ay, ay, ya pinche Sansón, me rindo! ¡Suéltame, me vas a romper el brazo! ¡Ya me rindo, chinga!

EL PERRO.-¡Pídeme perdón, cabrón!

EL MONO.-(resistiendo el dolor) ¡No! ¡No!

EL PERRO.-¡Pídeme perdón! ¡Di: perdóname papacito, no lo vuelvo a hacer!

EL MONO.-¡No... no!

EL PERRO.-¡Di: perdóname papacito, o te rompo el brazo! (Lo tuerce con más fuerza)

EL MONO.-(sin resistir más) ¡Perdóname, papacito!

 

El Perro lo suelta y el Mono cae de rodillas sobándose el brazo y quejándose por el dolor.

 

EL PERRO.-Ya viste, pendejo? ¿Viste quién es el putito? Muy chistoso con tus pinches apodos, ¿no?

EL MONO.-(Resentido y adolorido, sin dejar de sobarse) Son de cotorreo, güey, pa reírnos de algo.

EL PERRO.-¿Si? ¡Pues ve a reírte de tu chingada madre, de la pinche Chita! (Ríe, festejando su ocurrencia) ¡Sí, sí, eres el hijo de Chita y te llamas Chucho-Chucho! (Vuelve a reír escandalosamente).

EL MONO.- Orale, mi perro, qué paso. No se vale meterse con las jefas. Sobre todo cuando ya no están entre los vivos.

EL PERRO.-Es cierto. Perdóname, se me olvidó que Chita murió hace poco. (Vuelve a reír).

EL MONO.-¿Sabes qué? (El Perro hace un gesto, preguntando “¿Qué?”) Chinga a tu madre.

EL PERRO.-(Asimila lo que ha oído, soslaya el insulto y responde en son de chunga) “Chinga a tu madre, no saca sangre” y “Las mentadas de madre son como las llamadas a misa: nadie las pela”. Así que no hay “dope”: chingo a mi madre.

 

Se produce una pausa. Por un lado, el Mono continúa sobándose el brazo y recomponiéndose, y, por el otro lado, el Perro aprovecha para recoger la navaja, guardarla en el cajón y arreglar un poco el desorden provocado durante la lucha: objetos que se cayeron, algún mueble que se movió, etc. Luego, sale del cuarto.

 

EL MONO.-¡Pinche animal, hijo de su chingada madre! Poco más y me rompe el puto brazo. Es un verdadero perro el ojete, menos mal que no me agarró a mordidas. ¡Uta, me duele un chingo! ¡Pero me la va a pagar!

 

Entra el Perro abrochándose la bragueta, indicando que acaba de orinar. Se detiene al ver al Mono, que no deja de sobarse.

 

EL PERRO.-Ya, ¿a poco te duele de verdad? Apenas si te apreté, güey. Ni aguantas nada, pareces niña.

EL MONO.- Se me hace que voy a tener que ir a ver a un doctor.

EL PERRO.- No la hagas de pedo, ni fue para tanto!

EL MONO.- ¿No, cabrón? Ven a ver cómo me dejaste.

 

El Perro se acerca, le sujeta el brazo y lo revisa. El Mono se duele.

 

EL PERRO.-Ya no le hagas a la mamada, ni tienes nada, cabrón! ¡Sólo es un pinche dolorcito que al rato se te pasa.

EL MONO.-(irónico) Sí, como no, güey.

EL PERRO.-(cambiando de tema) ¿Qué horas serán?

EL MONO.-¡Yo qué sé, cabrón, no ves que estoy en este peso! ¡Prende el puto radio, ahí la dicen todo el tiempo.

EL PERRO.-Sí, ¿verdad? (enciende el aparato que está sobre la cajonera; entra música;

luego, unos anuncios y, en algún momento, poco después, la voz del locutor diciendo la hora) ¿Dónde está el frasco de vaselina?

EL MONO.-Allí, en uno de los cajones. En el de arriba, creo.

EL PERRO.-(abre el cajón y saca el frasco) Voy a darte una sobada, pa´ que no llores.

Recuéstate en la cama y estira el brazo.( el Mono lo hace, y el Perro le aplica vaselina, sobándole el brazo)

EL MONO.-¡Ay, ay, ay, no tan fuerte, güey, se me va a hinchar! Soba más despacio.

EL PERRO.-¿Así?

EL MONO.-Sí, así. ¡Eso es! Así hasta siento rico.

EL PERRO.-(sobando) ¿Si?

EL MONO.-Síguele, siento bien calientito.

EL PERRO.-Es la vaselina. Calienta la parte adolorida y quita el dolor.

EL MONO.-Ps no sé. Pero siento a toda madre, ya casi se me quitó el dolor.

EL PERRO.-¿Si?

EL MONO.-Sí. Síguele, sobas de pelos, me cai. Ya hasta me están entrando ganas de que me sobes otra cosa.

EL PERRO.-(deja de sobarlo) ¡Ya pinche mono, sáquese! ¡Siempre has de salir con tus joterías! ¡Que se me hace que de tanto andar con el Ojos de pancha ya también te volviste soplanucas!

EL MONO.-Oh, estoy cotorreando, ñero.

EL PERRO.-¡Sáquese, güey!

EL MONO.-¡Ya, ni que nunca te hayas cogido a un güey y él te haya cogido a ti! ¡Sobre todo estando en La grande!

EL PERRO.-(encolerizado) ¡En La grande, pendejo! ¡Porque no hay otra: o le entras o le entras! ¡Si no, hasta una punta te acaban clavando! Pero afuera no hay ese pedo, hay un chingo de viejas y hartas putas. Adentro no hay. Y a las que van de visita o a talonear, no más las ves pasar.

EL MONO.-Entran un chingo de putas!.

EL PERRO.-Sí, cabrón. Pero no entran a coger con los jodidos, sino con los cabrones que tienen billullo. A uno no lo voltean ni a ver. ¡No más van por la lana las hijas de la chingada! Así que ni pedo, tarde o temprano le tienes que entrar con algún cabrón.

EL MONO.-Pos sí, no te la vas a pasar jalándotela todo el tiempo.

EL PERRO.-Eso es lo de menos. El pedo es que si no le entras puedes amanecer cadáver con chico agujerote en la panza o en la espalda, o colgado en uno de los baños, como les pasa a muchos.

EL MONO.-¡Uta, mi dog, quién te oyera! Hace ratito te las estabas dando de muy machín, y ora dices que te cogiste con un chingo de güeyes en el tanque. ¡Pos qué onda!

EL PERRO.- No fueron un chingo, pendejo!

EL MONO.-¡Pos los que hayan sido!

EL PERRO.-Soy machito de ley, pendejo! ¡O qué, cuándo me has visto de putón!

EL MONO.- No, pos nunca.

EL PERRO.-El tambo es el tambo, güey. Es otro pedo.

EL MONO.-Bueno, ¿ton´s qué?

EL PERRO.-¿Qué de qué?

EL MONO.-¿Vamos donde te dije?

EL PERRO.-¡No!

EL MONO.-¡Anímate carnal, es buena onda!

EL PERRO.- No. No es lo mismo hacerle un hoyo en la panza a un pinche mugroso de por aquí, que a un culerín de la Del Valle o de los que van a esos lugares.

EL MONO.-¡Pero tienen más lana, güey! Y la verdad, lo mismo da picar a unos que a otros. Quien quita y hasta sacamos para irnos a Acapulco. ¿No dijiste la otra vez que querías ir? Pos´ ora güey, ahí está el chance. Va a estar fácil, hombre. Entramos, pagando la entrada, choreamos a unos güeyes, hacemos que nos inviten a su “saca”, y ya estando ahí los atracamos. ¡Fácil, carnal! ¡Son tan culeritos que ni va a haber necesidad de picarlos!

EL PERRO.-Pero es que eso de estar ahí, chupando y haciéndole al mayatex no me late ni madres. Además, no es tan fácil que un güey de esos te lleve a su casa no más porque sí.

EL MONO.-¡Ah cómo la haces cansada, cabrón! ¡Vamos! Total, vemos qué onda y si no te late nos salimos y hasta ahí.

EL PERRO.-¡Y con qué vamos a entrar? ¿Con cien bolas?

EL MONO.-Al rato consigo más con la Camotes, me debe un favor.

EL PERRO.-Bueno, pos órale. Pero conste que si no me pasa la onda nos vamos a la gaver.

EL MONO.-¡Ese es el Perro, ñero! ¡Yo sé lo que te digo: vamos a salir bien rayados!

EL PERRO.-(no muy convencido) ¿A qué horas hay que llegar? Ni me has dicho como se llama el antro ése.

EL MONO.-Las Libélulas o algo así. ¡Sí, Las Libélulas! El Ojos de pancha me dijo que llegó como a las doce y que ya todos los cabrones estaban hasta las chanclas. ¡Así hay que agarrarlos!

 

Hasta ahora el locutor de la radio anuncia la hora: “... son las 21 horas con 30 minútos”.

 

EL PERRO.-¡Uta, apenas son las nueve y media!

EL MONO.-Está bien. Así nos da tiempo de meternos algo antes de ir y llegar bien prendidos. Es más, aquí tengo este “gallito”. (saca una “flautita” de mota del cajón del buró) Vamos dándole fuego antes de irnos.

EL PERRO.- Ya vas.

EL MONO.-(prende el “gallito”) Saliendo de aquí vamos al “Tintán”. Allí le hecho un sablazo a La Camotes, nos echamos unos chupes y que El Chocolate se caiga con unos chochos. Digo, pa´ que no haya pedo. (se da unos toques y le pasa el “gallito” al Perro) Es lo último que nos queda, pero luego conseguimos.

 

Mientras dialogan se pasan indistintamente el “gallito” hasta acabárselo.

 

EL PERRO.-¿Sabes qué, ñero?

EL MONO.- ¿Qué?

EL PERRO.-Ya no me está gustando nada eso de salir casi todas las noches a atracar cabrones. Me gustaría más asaltar bancos. Sí, ser de una banda de asaltabancos. ¡O de secuestradores! ¡Esos sí se llevan billullo, no mamadas!

EL MONO.-¡No sueñes!

EL PERRO.-¡No sueño, no´más digo!

EL MONO.-Eso es para los meros jefes, para los verdaderos cabrones. ¿Conoces alguno?

EL PERRO.-No.

EL MONO.- Pos valiste madres!

EL PERRO.-(imaginando) ¡Te metes a un pinche bancote con tus cuates; asustas con una fusca a todos los cabrones que están ahí y te sales con trescientas, quinientas mil bolas..

EL MONO.- (irónico) ¡Qué fácil!

EL PERRO.-... te dan tu parte,  cuarenta, cincuenta mil, y a chingar a su madre todo mundo!

EL MONO.-¡No, pos sí!

EL PERRO.-¡Poca madre, gúey! ¡Apañas a la vieja de un millonario, o al hijo, o a la hija o al mismo viejo. Los clavas un rato, amenazas con matarlos si no te dan cinco, diez melones, la familia suelta el bille, tu sueltas al apañado y ya te llevaste unos melones sin pedo! ¡No, qué envidia me dan esos cabrones!

EL MONO.-La pones fácil, pinche Perro. Pero no, esos gúeyes se la rifan gacho.

EL PERRO.-¡Pero salen rayadísimos! ¿O no? ¿Te imaginas si en vez de llevarnos mil putos varos, como anoche, nos lleváramos uno o dos melones? ¡Uta, luego, luego iríamos a cogernos a todas las viejas del Tintán! “¡A cerrar el congal, cabrones. Aquí está el billullo, queremos cogernos a todas las putas, todas para nosotros dos!”

EL MONO.-¡Orale, ya te prendió el gallito! Ya estás alucinando, gúey.

EL PERRO.-Me acuerdo de la vez que el Puñalada pagó una encerrona allí mismo, en el Tintán, después de asaltar no sé qué banco con su banda. ¡Fueron un resto de cabrones y él pagó todo lo que se chuparon y todas las viejas que se cogieron!

EL MONO.-¿Cuál Puñalada?

EL PERRO.-¡El Puñalada, gúey, el que vivía aquí, en el callejón! ¡Ese sí estaba grueso, carnal! ¡Jefe de jefes, el rey del barrio! ¡Cuidadito con quien se la hiciera de pedo o se pasara de lanza porque amanecía hecho caca en alguno de los callejones de la colonia o en un lote baldío!

EL MONO.-No lo conocí. Cuando llegué aquí, él ya se había ido.

EL PERRO.-Sí. Ya tiene sus años en el tanque. Era buena onda, bien mochado con sus cuates.

EL MONO.-¿Era tu cuate?

EL PERRO.-¡No te la jales! Si hubiera sido mi cuate no estaría yo aquí de jodido. Además, estaba chavo.

EL MONO.-¿Entonces, cómo fuiste a esa encerrona?

EL PERRO.-No fui. Un compa me contó ese rollo.

EL MONO.-¡Uta, como dijiste que te acordabas creí que habías estado allí.     

EL PERRO.-(soñador) ¡Me gustaría ser como ése cabrón! ¡Tener mi banda, ganar un chingo de lana y que todos me la pelaran! (ríe, se produce una pausa) Bueno y qué, ¿nos vamos de tacuche o qué?

EL MONO.-Agüelita.  Hay que disfrazarse.

EL PERRO.- Pos a darle, mi chimpancé. Si no, valemos madre.

EL MONO.-¡Agüelita!

                            

Mientras se cambian de ropa, bajan lentamente las luces del cuarto y entran, del mismo modo, las de la estancia del departamento de Horacio. Éste entra por la puerta de su recámara. Viste una bata elegante y calza pantuflas. Lleva la sección de un periódico en las manos. Se detiene un momento, bosteza, estira las manos para desperezarse, deja el periódico en el sofá y se dirige a una mesita sobre la cual hay varias botellas de diferentes bebidas, vasos, una hielera con sus tenazas, etc. Se sirve una trago, bebe un poco y luego se recuesta en el sofá disponiéndose a leer el periódico. Segundos después recuerda algo, se levanta, deja el periódico en el sofá y sale por donde entró.

                             

En el cuarto de azotea, el Perro y el Mono terminan de cambiarse de ropa, apagan el radio y la luz, se persignan ante una imagen de San Judas Tadeo, y salen.

 

En la estancia del departamento se escucha un bolero cantado por Luis Miguel. Entra Horacio y se dirige al sofá para continuar lo que hacía. Suena la alarma de un teléfono celular y saca el aparato del bolsillo de su bata para contestar.

 

HORACIO.- ¿Si? (pausa) Espera, te abro. (va al intertfón, colocado junto a la puerta de la entrada, y oprime el botón. Luego abre la puerta. Dejándola entreabierta, va a preparar otro trago mientras tararea la canción que está escuchando).

 

Entra El Perla, cerrando la puerta tras de si. Lleva en la espalda una voluminosa mochila de la que se desprende de inmediato, dejándola sobre una silla.

 

EL PERLA.-(algo cohibido) Buenas noches.

HORACIO.-Buenas noches. (extrañado) Tú no eres...

EL PERLA.-¿Rogelio? No. El no pudo venir, tuvo un problema en su casa. Pero la señora Estela me mandó a mi en su lugar. (le da una tarjeta) Soy Flavio De la Flor, masajista de Relax.

HORACIO.-¡Ah qué Estela, me hubiera llamado para decírmelo! Yo lo solicité a él.

EL PERLA.-¡Yo hago lo mismo que él! ¡Y hasta mejor! Pero si prefiere esperarlo hasta

mañana, no hay problema. Yo me retiro.

HORACIO.-No, no es para tanto. Adelante, pasa.

EL PERLA.-Sí, gracias.

HORACIO.-Lo que pasa es que estoy acostumbrado a Rogelio, pero para el caso es lo mismo.

EL PERLA.-Es lo que yo digo. Ya sabe lo delicada que es la señora, si no me tuviera confianza no me hubiera enviado, ¿no cree? Me considera como uno de sus mejores elementos.

HORACIO.-¿Deveras?

EL PERLA.-¡Claro! ¡Y se lo voy a demostrar!

HORACIO.-Bueno, pues adelante. Siéntate y tómate tu tiempo.  (el perla se sienta en uno de los sillones) ¿Gustas tomar algo antes de empezar?

EL PERLA.-¡Vaya, qué amable! No acostumbro tomar en horas de trabajo pero...

HORACIO.-Yo estoy tomando cognac. Pero tengo whisky, tequila...

EL PERLA.-Un tequila. Gracias, eso me caerá bien.

HORACIO.-Bueno. (va a la mesita de las bebidas y sirve un tequila) ¿Te gusta solo o con sal y limón?

EL PERLA.-Solo. Y con un vaso de agua como “cheiser”.

HORACIO.-Muy bien.  (regresa con el tequila y el vaso de agua, los pone en la mesa de centro y se sienta en el sofá. Ambos levantan sus bebidas). ¡Salud!

EL PERLA.-¡Salud!

EL PERLA.-Dije “¡Vaya qué amable!”, porque es rarísimo que un cliente tenga detalles como este. La mayoría quieren que se ponga uno a trabajar luego, luego porque, en realidad, lo que están pagando es tiempo. Así que nunca hay tiempo que perder, no hay tiempo para estos detalles.

HORACIO.-Yo no tengo prisa. ¡Salud!

EL PERLA.-¡Salud!

HORACIO.-¿Otro?                                                                                              

EL PERLA.-Usted manda. Y al cliente, lo que pida.

HORACIO.-Sí, otro. (vuelve a servir, y, al pasarle su copa al Perla, le acaricia los dedos) Que finos tus desos.

EL PERLA.-¿Le parece?

HORACIO.- Déjame verte las manos.

 

El Perla deja su copa en la mesa y deja que Horacio le observe y acaricie las manos.

 

HORACIO.-Son muy tersas y delicadas; muy bonitas.

EL PERLA.-Me las cuido mucho.

HORACIO.-Ya lo veo. Pero no sólo tus manos, también tú eres muy bonito.

EL PERLA.-¿Bonito?

HORACIO.-Demasiado bonito para ser masajista. Deberías ser modelo o actor de telenovelas.

EL PERLA.-¿Usted cree?

HORACIO.-¡Claro! Con esa cara y con estas manos... Dime, aparte de dar muy buenos masajes –que supongo que los darás -, ¿qué más sabes hacer?

EL PERLA.-Eso depende de lo que el cliente quiera que le haga y de lo que esté dispuesto a pagar. Sé hacer de todo. Y mi ética es dejar al cliente totalmente satisfecho. A mi me solicitan para aplicarles un masaje. Ya si quieren otras cosas son servicios especia-

les y se cobran aparte.

HORACIO.-¿Sirvo otras antes de proceder al masaje?

EL PERLA.-Puede servir las que quiera. Está en su casa y yo, a sus órdenes.

HORACIO.- (mientras sirve las copas) Me has caído muy bien. Y, la verdad, por ahora me hace más falta hablar con alguien que recibir un masaje.

EL PERLA.-Como usted diga.

HORACIO.-¿Tienes mucho trabajo? Quiero decir ¿tiene demanda lo que haces?

EL PERLA.-Bastante. Pero hago otras cosas. Con lo que gano dando masajes o me alcanza para sostener el tren de vida que llevo.

HORACIO.- ¿Ah, si?

EL PERLA.-Me gusta vivir bien, darme mis lujos.

HORACIO.- Ten. (le da su copa y se sienta junto a él) ¡Salud otra vez!

EL PERLA.-Esta es la cuarta, ¿verdad? No llevo ni 20 minutos aquí y ya me he tomado tres tequilas. (bebe) Bueno, cuatro. Ya quién sabe que clase de masaje voy a darle.

HORACIO.-(divertido) No te preocupes.

EL PERLA.-No, no me preocupo. No más digo. Lo que pasa es que no estoy acostumbrado a tomar tan rápido. A ver si no al rato empiezo a ver doble.

HORACIO.-No creo. ¿Quieres más agua?

EL PERLA.-Sí, un poco. Gracias.

 

Horacio vuelve a la mesita de bebidas, sirve un vaso de agua, regresa y se lo da.

 

HORACIO.- Iré a poner  otra música. (sale por el corredor de la recámara. Segundos después vuelve a entrar. Suena un jazz a bajo volumen . Regresa a su lugar junto al Perla.).

EL PERLA.- Me quedé pensando en lo que dijo sobre que yo podría ser modelo o actor de telenovelas. ¡Sería un sueño! Pero ¿cómo le hago? No soy modelo y nunca he estudiado actuación.

HORACIO.- No es necesario.

EL PERLA.-¡Ay, pero cómo no va a ser necesario! ¿Cómo va uno a actuar sin ser actor?

HORACIO.- Para “actuar” en las telenovelas los chicos como tú no necesitan ser actores. Sólo necesitan ser jóvenes y guapos. Un hombre o una mujer guapos la tiene hecha en la tele, aunque no sepa ya no digamos actuar, sino hablar.

EL PERLA.-¡Ah bueno, pues siendo así, ya veo cómo he perdido mi tiempo! Pero, la verdad, no nací para eso. ¡Uy no, para eso se nace!! ¡Sí, se nace para ser artista y ser estrella! ¡Como “Juanga”, que nació para triunfar, para ser estrella, para ser genio, para ser lo máximo! Digo, esas gentes nacen no se hacen.

HORACIO.- Ahora, en la mayoría de los casos, no nacen pero los hacen.

EL PERLA.-De haber sido artista me hubiera gustado ser como él: Juanga. ¿A usted le gusta?

HORACIO.- No me disgusta. La verdad, no soy su fan.

EL PERLA.-¡Para mi es lo máximo! (se pone de pie y comienza a cantar y  moverse imitando a Juan Gabriel) ...” Pero qué necesidad, para qué tanto problema, quiero reír, cantar, bailar tará, rá rá rá rá”... (deja de hacerlo al verse observado por Horacio) ¡Ay disculpe, me aloqué!

HORACIO.- No hay porqué disculparse. Lo haces bien. Y si te divierte hacerlo, adelante.

EL PERLA.-¡Ay no, que pena! (se sienta) Usted es un cliente, es todo un señor. Y yo, aquí, deschongándome! ¡Son los tequilas, estoy seguro!

HORACIO.- Lo que sea. No hay problema.

EL PERLA.-¿Qué va a pensar de mi?

HORACIO.- Pues que eres un chico muy guapo al que le hubiera gustado ser Juan Gabriel. ¿Qué más puedo pensar?

EL PERLA.- No sé. Que soy un impertinente o un abusivo. Vine a darle un masaje y ya estoy bailoteando como si estuviera en una fiesta. ¡No qué horror, señor!

HORACIO.- Dime Horacio. Horacio.

EL PERLA.-. Horacio, ¿me sirves otro? ¡Ay, perdón, te hablé de tú.

 

HORACIO.- No importa. Después de cuatro tequilas, puedes hacerlo. Es más, si quieres seguir haciéndole al Juan Gabriel, puedes hacerlo. Te pondré uno de sus discos.

EL PERLA.-No, no, qué pena. Además, el tiempo está corriendo.

HORACIO.-El tiempo corre de todas maneras, bailes o no.

EL PERLA.-No. En todo caso preferiría que platicáramos.

HORACIO.-¿Y de qué te gustaría que platicáramos?

EL PERLA.-No sé. De lo que nos gusta y no nos gusta; de lo que somos; de lo que hacemos.

HORACIO.-¿De todo eso quieres platicar?

EL PERLA.-Digo, para empezar a conocernos.

HORACIO.- Para empezar a conocernos ni siquiera es necesario hablar

EL PERLA.-Me refiero a otra cosa, no a lo físico.

HORACIO.-Pero ése, el físico, es el más interesante. De hecho, me gustaría que nos diéramos un beso.

EL PERLA.-¿Qué?

HORACIO.-Eso, que nos besemos.

EL PERLA.-¿Así nada más, de repente?

HORACIO.- Humhum. Así nada más, de repente. (intenta besarlo y el Perla lo evita, esquivándolo).

EL PERLA.-No, no. Primero lo primero: el masaje. Después, todo lo demás. Hay que ir cosa por cosa.

HORACIO.-(avergonzado) Sí, tienes razón. Disculpa, lo que pasa es que he estado muy solo los últimos días y estoy nervioso y algo desesperado. Necesito compañía y... afecto.

EL PERLA.- La compañía y el afecto son “servicio especial” y se cobra aparte. Digo, no lo tomes a mal, pero es parte de mi trabajo. Y soy todo un profesional.

HORACIO.- (bromeando) ¿Sí? A ver si no acabo dándote yo el masaje.

EL PERLA.-(ríe) ¡Eso estaría muy bien! ¡Y no lo dudo, con el “cuete” que estoy agarrando! ¡Ya me zumban los oídos y siento la cabeza caliente, caliente!

HORACIO.-Pero no te sientes mareado, ¿o sí?

EL PERLA.-No. Pero sí me siento “medio chiles”, como dícen. ¡Uff!

HORACIO.-¿Quieres un cigarrito?

EL PERLA.-¿De qué?

HORACIO.-¿Cómo de qué?

EL PERLA.- Sí, ¿de mota o de tabaco?

HORACIO.-De tabaco, por supuesto. Yo no fumo esa porquería. ¿O que te parezco soldado, tengo apariencia de cargador o de mecánico?

EL PERLA.-      Debo aclararte que no solamente esa clase de gente fuma mota. Hay mucha gente de la “alta” que la fuma y cantidad de artistas e intelectuales.

HORACIO.- Pero yo no. Para mi es vicio de gente corriente y de delincuentes.

EL PERLA.- Pues yo la fumo. Y no soy corriente ni delincuente.

HORACIO.-Bueno, disculpa. No te quise ofender. Tal vez exageré. ¿Quieres un cigarrito de los normales?

EL PERLA.-No, gracias. La verdad, no fumo esa porquería. Hace daño.

HORACIO.- Yo sí. (saca un cigarrillo del bolsillo de la bata y lo enciende. Suena el celular, lo saca del mismo bolsillo y contesta) Disculpa. ¿Sí? ¿Qué hay, Loretta? ¿Quién? Óyeme bien: yo no sé nada. Estoy de vacaciones, Pregúntale a Portillo, él se quedó a cargo. No me importa, no estoy. Di que salí de la ciudad. (apaga el aparato y lo guarda) ¿En qué estábamos? Ah, sí. Ibas a hablarme de las cosas que te gustan, ¿no es cierto? ¿Cuáles son?

EL PERLA.-Pues mira, primero los hombres, luego los hombres y después los hombres.

HORACIO.-También a mi.

EL PERLA.- Si,¿verdad? Eres gay.

HORACIO.- Humhum.

EL PERLA.- La verdad, no se te nota.

HORACIO.- Bueno, por mi trabajo, tengo que ser discreto.

EL PERLA.-¿Por tu trabajo? ¿Eres diputado o algo así?

HORACIO.-¡No, qué va! ¡Bueno fuera!

EL PERLA.- Entonces, ¿a qué te dedicas?

HORACIO.-¿No lo sabes?

EL PERLA.- No.

HORACIO.-¿No te me hago conocido?

EL PERLA.- Pues... viéndote bien... como que sí... como que te he visto antes... pero no recuerdo dónde.

HORACIO.-¿No ves la tele?

EL PERLA.-¡Uff muy poco, casi nunca! ¿Por qué, trabajas en la tele?

HORACIO.- Conduzco el noticiero de las 10 de la noche en el canal 20.

EL PERLA.-¡Deveras! Ya decía yo que tu cara se me hacía conocida. Sí, ya te he visto. Tú eres...

HORACIO.- Horacio López-Fuentes.

EL PERLA.-¡Sí, sí es cierto! ¡Qué emoción, quién lo creyera: yo, el Perla, con Horacio López-Fuentes, toda una figura de la televisión! ¿Me vas a dar un autógrafo, ¿verdad?

HORACIO.-¡Claro, claro que sí, pero no es para tanto!

EL PERLA.-¡Cómo no, eres muy famoso! 

HORACIO.-¡Qué va, no exageres!

EL PERLA.- (suspira) ¡Yo sí que no soy nadie! ¡Un granito de arena en el inmenso mar! (pausa) Mi vida no tiene nada de interesante. Digo, comparada a la tyuya.

HORACIO.- Mi trabajo es interesante, no mi vida. No te confundas.

EL PERLA.- En fin, nunca había conocido a alguien como tú. Tenía otra impresión de los que salen en la tele. Creía que eran personas estiradas y... mamonas, como dicen. Pero veo que no.

HORACIO.- No creas que soy así con cualquiera. Tú me caíste bien y me gustas. Si no, te hubiera despedido en cuanto llegaste.

EL PERLA.-¡Eres lo máximo! Bueno, y ahora... qué tal si empezamos con el masajito.

HORACIO.- Si te soy franco, ya no estoy para masajes.

EL PERLA.- No, ¿verdad? Yo tampoco.

HORACIO.- ¿Tienes a alguien?

EL PERLA.-¿Qué?

HORACIO.- Que si tienes a alguien, una pareja.

EL PERLA.- (suspira) Se llama... Marco Antonio.

HORACIO.- (bromea) Y tú su Cleopatra, ¿no?

EL PERLA.-¡Ay claro, qué esperabas! Le dicen Tony, es diseñador de sombreros.

HORACIO.- ¿Diseñador de sombreros?

EL PERLA.- ¿Por qué te ríes?

HORACIO.- Es que... bueno, no es muy  común oír que alguien es diseñador de sombreros. Ya casi no se usan, es algo raro.

EL PERLA.-¿Qué tiene de raro?

EL PERLA.- Diseña sombreros para dama. ¡Preciosos! ¡Y yo se los modelo! (se pone de pie y hace que modela) ¿Qué te parece?

HORACIO.-¡Muy bien! Ya te lo dije, deberías dedicarte a modelar.

EL PERLA.-¡Hace tocados maravillosos, para las reinas, las primeras damas, las estrellas de cine! ¡Es un artista!

HORACIO.-¿Hace mucho que vives con él?

EL PERLA.- Hum... como un año. Lo adoro, es lo máximo: me cuida y me comprende; me deja ser libre, hacer lo que quiero, ser yo misma. Digo, yo mismo. ¿Y tú?

HORACIO.-¿Yo, qué?

EL PERLA.-¿Tienes pareja?

HORACIO.- Hum, no hace mucho terminé una larga relación. Todavía no lo supero. Fue muy doloroso. Pero era necesario. Ya no había más. Se había acabado el amor, la pasión, todo. Se gastó.

EL PERLA.- O sea que, como quien dice, estás de chino libre. ¡Qué bien! Digo, por mucho que duela, si ya no hay más, es lo mejor: dejarse. Así que brindemos por tu libertad. (alza su copa para brindar) ¡Salud!

HORACIO.- ¡Salud! Bueno... ahora sí, ¿me das un beso?

EL PERLA.- (jugando) ¡Ay pero qué insistencia! Mira, por mi no hay purrún, aquí está mi boca. Pero no vas a sentir mayor cosa porque soy una nena. A mi me gustan los señores y a ti también, ¿ o no?

HORACIO.- Tienes razón, disculpa. Lo que pasa es que, como te decía, hace tiempo que estoy solo. Y pues... , me siento inquieto, con deseos de estar con alguien. Por eso llamé a “Relax”, para que vieniera Rogelio. El...

EL PERLA.- (lo interrumpe) ¡Lástima que no pudo venir! Pero si quieres puedo hacerte un trabajito para que calmes ese animal inquieto y desesperado: un “guaguis” o algo así. Total, qué más da.

HORACIO.- (divertido) No. No es precisamente lo que quiero.

EL PERLA.- Entonces, no sé. ¿Por qué no vamos a algún lugar? Conozco un bar gay de mucho ambiente al que va de todo, no solamente gays.

HORACIO.- No, gracias. No voy a esos lugares. Hace mucho que no lo hago.

EL PERLA.-¡Anímate! Quién quita y encuentras a alguien que te guste. De pronto llegan unos señores que para qué te cuento. Y todos van a ligar, ¿eh? Eso sí.

HORACIO.- No, no puedo andar exhibiéndome en esos sitios.

EL PERLA.-¡Pero quién te va a ver! Allí todo está oscuro y cada quien anda en su rollo. Te pones una gorra o un sombrero, lentes oscuros y ni quien te reconozca.

HORACIO.- No.

EL PERLA.-¡Vamos! Es un lugar “nice”, te va a gustar. Si no, no te insistiría.

HORACIO.-¿Te imaginas lo que pasaría si llegara a reconocerme un periodista o algún conocido? No. Prefiero aguantarme.

EL PERLA.-Bueno, como quiera. Pero estoy seguro que te divertirías.

HORACIO.- No lo dudo. Y no niego que me hace falta divertirme, pero no.

EL PERLA.- No se diga más. Discúlpame, las copitas me hacen hablar de más y creer que todo está permitido. No sé si me esté pasando de impertinente. Pero si es así, dímelo

HORACIO.- No creo que estés hablando de más ni pasándote de impertinente. De copas, tal vez.

EL PERLA.- Sí, ¿verdad? ¡Qué pena! Este último traguito me mareó. Pero que no cunda el pánico. Todavía tengo todo bajo control. Más bien , me estoy poniendo alegre y listo para una fiesta. Creo que saliendo de aquí iré a Las Libélulas aunque tú no vayas. Ya me entraron ganas de chacotear, de disfrutar la noche. Después de todo, la noche es para eso.

HORACIO.- No para todos. Hay quienes creemos que es para dormir y reposar. O sea, también para disfrutar, pero del sueño.

EL PERLA.- Sí, claro. Pero yo me refiero a disfrutarla alegremente, frívolamente, intercambiando risas, roces y caricias con todo el mundo o a solas, con tu hombre, follando hasta el amanecer. Y luego, sí, a dormir toda la mañana.

HORACIO.- O sea, que duermes de día.

EL PERLA.-¡Siempre! No conozco las mañanas. Por eso trabajo por las tardes y parte de las noches, hasta las diez. El resto de la noche, me reviento.

HORACIO.- Yo no podría. Desde pequeño me acostumbré a dormir temprano y despertar temprano. Crecí en un internado militarizado en el que estuve de los seis a los once años y donde dormía de seis de la tarde a cuatro de la mañana.

EL PERLA.-¡Ay qué horror!

HORACIO.- Mi padre era militar. Quería que sus dos hijos fueran militares. Así que, después del internado, ingresé al Pentatlón y luego al Colegio Militar. Aprendí estrategia, artes marciales y a manejar armas, y participé en ejercicios de guerra. Siempre tuve que levantarme a las cuatro o cinco de la mañana.

EL PERLA.-¡Pero qué horror, cómo aguantaste eso!

HORACIO.- No dependió de mi. Ante un padre General, no tenía alternativa. Para él no había otra cosa que la milicia: “Solamente los militares, los soldados verdaderos son hombres – decía -, los demás son puros maricones”.

EL PERLA.-¡Uff qué pesado! ¡Qué feo y qué cretino! Perdóname si te ofendo pero que me disculpe porque eso no es cierto. ¡Si lo sabré yo!

HORACIO.- Bueno, el pensaba así. Mi hermano siguió la carrera y ahora es un militar de alto rango. Yo desistí. No lo soporté. Nunca estuve convencido de que eso era lo que yo quería, sólo cumplía sus deseos. Así que renuncié a eso, con el subsecuente rompimiento con mi padre, como comprenderás. Y me dediqué a la comunicación.

EL PERLA.-¡Qué bueno porque has triunfado, la has hecho!

HORACIO.- No precisamente, pero ahí la llevo. Y no te creas que ha sido fácil. He tenido que luchar y trabajar muy duro.

EL PERLA.-¡Por eso es que insisto en que vayamos a Las Libélulas! Es injusto que, con lo que me has contado, no te sientas libre de ir donde te de la gana. Recuerdo algo que decía mi abuelita: “Los seres humanos trabajan, luchan y triunfan nada más que para ser libres”. ¡Así que libérate y sal a divertirte, te lo mereces! No va a pasar nada malo, nadie te va a reconocer. Y si así fuera, ¿qué? ¿No puedes ir a tomar una copa donde se te antoje? No todos los que van a un bar gay son gays necesariamente, ¿o sí?

HORACIO.-¿Sabes qué? Tienes razón, me has convencido. Además, con los coñacs que traigo adentro, a qué me quedo.

EL PERLA.- No te vas a arrepentir. Te garantizo que las vamos a pasar súper. Hay show y toda la cosa, no te creas. Y con unos chicos cuerísimos. Te va a encantar, te lo aseguro. Algunos son “bugas”, pero les encanta “chichifear”. A la mejor te ligas uno.

HORACIO.-¿Y tú?

EL PERLA.- No, yo no. Yo nada más te acompaño. Si yo ligo, no sabes la que se me espera con toný. Tremenda deschongada que me da.

HORACIO.-¿Te pega?                     

EL PERLA.- Digamos que... me castiga. Por cierto, tengo que llamarlo. ¿Me permites?

HORACIO.- Usa mi celular. (lo saca del bolsillo y se lo da) Marca el número y cuando termines de hablar, presiona este botón. Iré a cambiarme.

EL PERLA.- Esta bien. (Horacio sale por la recámara) ¿Bueno? ¿Tony? Soy yo, cariño.

Todavía estoy en el instituto, es cumpleaños de la señora Estela y quiere que después vayamos a una fiestecita. ¿Me dejas ir? Todavía es temprano. Y de todos modos llego a la hora de siempre, ¿sí? Bueno, te mando un besito. Ciao. (oprime el botón, apagando el aparato y lo deja en la mesita. Se sirve otro tequila, ya adquirida la suficiente confianza, lo bebe y se sienta unos segundos en el sofá. Luego, se levanta y curiosea un poco observando el lugar. Entra Horacio, que ha cambiado su atuendo, listo para salir. Lleva boina y anteojos oscuros.).

HORACIO.-¿Qué te parece? ¿Me reconoces?

EL PERLA.-¡Que bárbaro, te transformaste! Eres otro. ¡Así no te reconoce ni tu mamá!

HORACIO.- Bueno, pues... vámonos. Es buena hora, ¿no?

EL PERLA.- Si, es buena hora.

HORACIO.- (viendo el celular en la mesita y recogiéndolo para guardarlo en el bolsillo de la chaqueta) ¿Hablaste?

EL PERLA.- Sí, gracias. Tengo la noche libre, todo bajo control.

HORACIO.- Muy bien. (apaga la luz de las lámparas, se dirige a la salida, con el Perla).

EL PERLA.-¡Ay, no sé porqué, pero tengo la sensación de que vamos a pasar una noche inolvidable!