PIEDRA ENCERRADA EN PIEDRA

 

Y que ahora la noche se me haga del todo negra.

Que la noche me resulte demasiado oscura para ver del futuro.

Que lo que haya de ser, así sea.

Robert Frost

 

I

(Anne Sexton)

No sé –¿nadie sabe?- qué cosa

es la locura, de qué color es,

con qué está hecha (fieltro,

alumbre, melaza), cuál es

su sueño cuando llueve y es de noche.

Tampoco sé -¿alguien lo sabe?-

su hermandad con la muerte,

por qué viaja con la muerte

aún en los trenes atestados,

se acuesta con los muertos

y, aunque se crean a salvo, con los amantes.

Tal vez -¿quién puede darme una respuesta?-

sólo sea posible cerrar los ojos,

pensar en un niño con un globo,

ser el niño y también el globo,

volar, libres, allá arriba, hasta ya no tener aire,

lejos del niño que, abajo,

solo en un patio grande como un mundo,

mira hacia el cielo y llora.

 

Dije amor, única instancia

cuyo fermento al aire no horroriza.

Dirán momentáneo reflejo

en el agua quieta,

en la pared que el musgo no protege.

Pero, de todos modos, ¿dónde?

¿Arrollado

bajo la tierra,

caído en el pliegue

de ningún sueño,

apenas baba de las cosas,

escena de arte de belleza

que tuvo lugar una vez,

pasó y ahora es sólo pez que desgarra

el frágil mar de la memoria?

 

Camina, el viento sopla en contra

y, desde lejos, una risa lejana, de niño o mujer.

No hay nombre

para ese árbol que se inclina,

para ese espejo donde poca cosa se refleja,

para ese grupo de cañas requemadas

que constituye, al cabo de las horas,

el único paisaje. Más tarde, en la casa,

echará, como cada día, una leña a las llamas,

que creerá, como siempre, la última;

antes, a mitad de camino,

trazará sobre el pavimento

una línea de tiza

que tal vez no sea digna

de emular el rastro del caracol

hace mucho borrado por la lluvia.

Mientras, las nubes adoptarán muchas formas,

pero ninguna la de su propia cara.

 

Una y otra vez procuré,

sin fortuna, obtener descendencia:

de una sílaba perdida,

de un tallo enroscado en otro tallo,

de una pluma llevada por la brisa.

Poco hubo, apenas esto,

una casi inaudible respiración

al otro lado del muro,

un nido pequeño, desarreglado y vacío

entre raíces desparramadas sobre la tierra.

 

Garabatea vida

sobre una pared despintada;

abajo, el agua inmóvil

que nunca desgastará la piedra.

Invierno, a cada golpe de viento

se repite la imagen de una casa que se derrumba.

Se arropa y no deja de estar desnudo.

Se desnuda y no deja de estar cubierto.

En la madera, una costra.

En el suelo reseco, restos de fuego, astillas.

Y en cada cosa vista o tocada,

el eterno e invencible misterio

que une la palabra cristal con la palabra hija,

se quiebra, los fragmentos se dispersan.

 

II

Animal de borde,

jamás de centro.

En viaje, no llega al mar.

En realidad nunca parte.

¿Cuál es su casa, cuál es su cama?

Bajo la lluvia, bebe su agua.

¿Tiene sed, la tiene?

Husmea, levanta una pata y orina,

arriba, remotas, las esferas.

No conoce el cristal

y menos el cristal musical, puro.

 

¿Y si el cerdo profetizara,

el perro hablara en sueños,

toda visión se disipara

al menor contacto con el aire?

 

Cierro los ojos y el mundo muere.- Sylvia Plath.

Cantan los sapos en el jardín del vecino.

Se aproximan nubes negras, pesadas, muy lentas.

Lloverá y el mundo entero

quedará sepultado bajo el agua.

Los sapos lo saben –con su saber de sapos-

y cantan de un modo distinto, grave.

El resto, las demás bestias, los hombres,

lo ignoran, unos comen lo que encuentran

en la hierba, en las grietas de los muros,

otros se sientan a mesas con manteles a cuadros

y tragan cada bocado casi sin masticarlo.

 

Dormirás, dormiré.

¿ Despertaremos? Alrededor,

leña sobre leña,

un pequeño charco,

silencio.

Soñaremos. ¿Despertaremos

para decirles a todos

lo que soñamos?

 

III

(A Hilda Paz)

Está en  la sangre, en  la piedra

que resbala por  la sangre, en

lo que se supone libre,

en lo que se cree a salvo.

Agua que contiene  la cabeza

del cordero, todavía

sangrante. Ancha,

insomne, se tiñe de rojo,

rojo casi negro.

En el centro de lo dado,

en un extremo de lo negado:

clavo en  la madera,

aguijón con culpa por su punta

y, sin embargo, muy profundo

en el hueso, en  la carne.

 

El alma no mide, no significa.

El cuerpo mide pero no perdura,

significa piedra blanda,

tierra que no acoge.

¿A qué o a quién semeja?

Se dirige, todo uñas, y ojos, y uñas,

a algo oscuro y remoto

que no sabe que,

en la punta más lejana del mundo,

existe de lo que fuera bosque

apenas una desordenada, menguante hojarasca.

 

Muerte, te traigo regalo.

Te ofrezco pulpa, jugo, racimo.

Te doy belleza, bálsamo, primicia.

Tiene que haber algo allí adentro,

inmóvil o en tránsito,

y algo para alcanzarlo,

una plomada, una sonda.

Cáscara o tesoro,

pasión o almohada;

lo que cae lleva ansia,

lo que sube no encuentra

relámpago, consistencia.

Vida, ahora veo ramajes,

algodones, ácidos, nubes.

¿Quién te habita,

quién supera tu cifra,

tu límite, el breve y flaco dios

que te habita, solo,

a mitad de camino

entre la consunción y el fracaso?

 

(Cecilia Gallerani)

Un sólo fósforo podría alumbrarla,

pero ¿qué luz? En sus brazos,

animal de magia y caverna

(deseo y temor.)

Un solo fósforo

podría revelar el secreto

del matrimonio

entre lo que está arriba

y está abajo,

primer paso hacia el oro,

último paso hacia el sueño

más puro.

                Sí,

pero ¿qué luz?

 

Bebe sin tener una fuente,

habla sin tener una lengua,

un idioma preciso.

Ante un agua ventosa,

un viento que sopla en coro,

una música por nadie ejecutada

que, de reverbero en reverbero,

pronto se extingue o muy lento madura.

¿Quién besa sus pies húmedos

y lo sostiene cuando, al borde

de los caminos, se dispersan

como hojas secas las visiones?

Lejos de mí y de casi todos,

tal vez, el olor

de un mar siempre distante,

una carne...

 

¿ De quién  la pulpa de  la fruta

cuando pende sin testigos de  la rama más alta?

¿ De quién el día perfecto,  la noche exacta,

el círculo,  la piedra sin falla,

lo inexpresable, lo último y más secreto?

¿ Quién es señor del agua,

patrón del fuego, capitán del aire

cuando es viento contra los árboles?

¿ Y este perro que ladra a  la belleza,

que muerde su espesor y su sustancia,

este hombre que siembra en el barro,

descalzo y solo bajo un sol indiferente?

¿ Qué somos cuando sólo hay sal y sangre,

sombras de bromo en largo cortejo,

luces submarinas, frágil paraíso que se disipa?

 

IV

¿Qué fuerza ejerce sobre ellos su influjo

mientras soplan desde abajo cierto incienso

hacia un cielo remoto, inmutable? ¿A qué

perdido sol veneran, casi desnudos?

Sienten miedo, a sus pies la tierra gira caótica,

ante sus ojos la muerte adquiere forma de llama

y el fuego toma arbustos hacia Orión,

el núcleo, Pennsylvania.

(¿Cuánto mide y pesa ahora el mundo,

ahora que ninguna pregunta es pertinente,

ninguna respuesta, satisfactoria?).

 

 

(París, 18 de noviembre de 1922)

1

Una pequeña sonata para mitigar

los ahogos. Lo ancho y extendido a contraluz,

se abre, a unos ojos que ya no pueden verlo,

detrás de la ventana. ¿Qué fue

de lo acuoso, lo espeso, lo cálido?

¿Qué es ahora sino sudores,

temblores, telas blancas?

¿Qué será cuando todo

esté urgido de palabra

y la palabra valga, en el fondo oscuro,

entre lentos látigos y luces inmóviles,

menos que un balido,

menos aún que un aullido?

 

2

(Marcel Proust fotografiado en su lecho de muerte; a Mercedes Roffé)

El Eje es ahora seca arteria parada.

Nada salva. Ni el anónimo daguerrotipista,

ni la última caricia.

¿Qué tiene de cielo este pasaje

de no poder casi respirar

a no respirar en absoluto?

¿Qué es sino infierno

ya no beber, no fumar tabacos,

no desear ajenos muslos,

tan sólo estar inmóvil,

con los ojos abiertos

hasta que, por piedad, los cierren,

a la espera de que llegue

el fuego, ese que vendrá,

dicen, a juzgarlo todo,

a quemarlo todo

de una vez y para siempre?

 

(A José Basile, in memoriam)

Ahora es sólo tiempo,

la torpeza de la carne

abatida sobre su propio,

incongruente, irreflexivo deseo.

Si pudiera girar la llave

encontraría del otro lado

piedra encerrada en piedra.

¿Sostiene la tierra su pie,

la ladera cortada a pique

contiene su silencio,

la mancha en su costado ciego?

Ahora, lejos, el carnaval de lo ficticio,

el pacto de la rama con el musgo,

la monodia de los vivos

ante una esfera descarnada.

¿Qué ve, qué se imagina,

más allá de si, azares, destinos?

 

(John Cage, 4 33)

En el centro de la tierra,

un piano en silencio;

la música, los ruidos del mundo:

no hay animal que no grite,

chille, aúlle, bufe, resople;

no hay cosa que no cruja,

rechine, fermente, exhale.

En el centro, un hombre

inmóvil ante el teclado;

la música, los ruidos de los otros:

balbuceos, tartamudeos,

aplausos, gemidos, llamados,

imprecaciones, eructos,

flatos, ruegos, súplicas,

maldiciones, cánticos.

 

La mía es una edad vieja y amarga. - Mark Rothko a Robert Motherwell

La herida no es curable,

se abre amarga hacia el día,

hacia la hora en que,

desde todas partes,

la muerte mide palabra y futuro.

No somos iguales

pero nos iguala

el lejano sonido del viento

contra otras piedras

ni blancas ni negras.

En el suelo trazas de deber,

de juicio, a las  que el viento

no borra, y húmedo desnudo

contra reseco muro,

y un idioma de alfileres,

de hileras de niños por un plato,

de breve, inútil dios

en vertical, flaco, magro,

solo entre alacranes, entre perros.

Pero la pared igual se alza.

Igual trepa el deseo por el costado.

Igual se ocupa de su fondo el océano.

Igual levanta el mundo sus defensas,

otorga olores a las vulvas,

disemina hierbas, polvo, astillas.

Y mastico con mi único diente

el pan que a veces celebro

y otras veces niego.

 

(Edward Hopper)

A la orilla del cielo, casas

bajas, jardines que aguardan su esperanto;

a la orilla de la tierra, el temblor matutino,

el musgo profano, el tajo

en la viga del techo.

                             Y detrás

de otra puerta, bastante,

aún insuficiente, cuanto logra medir la mano:

el desnudo, el aire inmóvil,

una sombra, ocre o púrpura,  y más allá,

lo que huye, ¿la vida?, bandadas...

 

¿De qué manera puede uno vivir una vida? - Rothko.

En la playa, contra las olas, persiste y se lastima.

Se lastima como un hombre,

un animal, una mujer desnuda y hambrienta.

¿Qué sol no es frío?

¿Qué amor no es número secreto,

ojo de tiempo, hierba seca a la que darán fuego

a los pies del más perfecto desconocido?

Bebe de su propio vientre,

masca su propio mal, lo traga.

Se lastima mientras anda al revés,

de espaldas, sumergido, contrahecho

Por el linde, la orilla, el extremo,

la vida anuda.

La muerte, ¿desata?

 

(Max Ernst y Dorothea Tanning en Arizona)

Crece la roca como crece la planta,

siente el frío, el calor, el miedo,

llora, grita, se ríe.

¿ Qué creer, qué medida usar,

desde dónde y hasta dónde tender luz sobre la sombra?

Sólo la mirada, desnuda.

Sólo el sueño, vívido.

Erigir una casa

en el desierto, para que el viento

la golpee y, adentro, besar, morder, creer

y descreer, recordar, olvidar, volver a recordar.

¿Quién gime, tiembla, desea,

implora más y más belleza,

entra al otro como luego entra al espejo?

Otra vida que también es muerte,

forma veloz y fulgurante de la muerte,

trae relámpago, ilumina sitios secretos, profundos huecos.

 

(México) (Tina Modotti fotografiada desnuda por Edward Weston, 1924)

Se nutre de luz y silencio, expuesta

y frágil y poderosa. Está viva

todavía, vivo su sexo. Y no hay miedo,

el agua corre abajo, por túneles,

hacia una boca con sed, imperiosa.

Nada la vigila, ni traiciona,

nadie puede ya negarla ni negar la tierra.

Ella fue ojo, ahora es mirada

y lo que mira ya no está sucio,

no repugna, encuentra equilibrio,

espacio, se deshace en espumas

y se rehace en música.

Y cuanto lastimó ahora abriga, consuela.

 

(Frida Kahlo)

Cae un gran peso y es sombra,

suelo cubierto de hojas pútridas,

casa erigida en el centro del mundo

y dentro de la casa, oscuro, alguien

con las manos en el rostro.

¿Cómo desnudarse,

golpear el fondo, la piedra?

¿Cómo soterrar el dolor,

encontrar certeza más allá del cansancio?

-No estoy enferma, estoy rota-,

entonces, ¿grabar pudor y ley,

invocar lo puro y lo fértil,

persistir en docilidad

con el vientre hundido en la sombra?

 

(Ultimo Klimt; a María Laura Barletta)

Sueña un viaje, un compás, un alumbramiento.

(Desnudo en un cálido purgatorio, un espejo

y otro espejo para la vanidad,

un biombo de Oriente para atajar la muerte).

¿Qué da y qué recibe? La casa se sirve

de anónimos y lascivos dioses:

por un trazo, un ombligo

en cuyo grial confluyen miríadas de seres;

por un color, el peso de un seno

casi sumergido en su propio y anhelante reflejo;

por una red de sedas, acabada o inconclusa,

una mirada-relámpago en cuyo extremo,

ebrio, va el deseo libre de cifra, de teoría.

 

 

 

 

PEDRA EM PEDRA FECHADA

traducción al portugués: alberto augusto miranda

 

Que a noite se faça agora totalmente negra.

Que a noite se torne demasiado escura para se ver o futuro.

Que o que tiver de ser, seja.

Robert Frost

 

I

(Anne Sexton)

Não sei – saberá alguém? – que coisa

é a loucura, de que cor é,

de que é feita (feltro,  

alúmen, melaço) qual

o seu sonho quando chove e é de noite.

Tão pouco sei – saberá alguém? –

do seu fraterno com a morte,

porque viaja com a morte

mesmo nos comboios superlotados,

se deita com os mortos

e, mesmo que se julguem a salvo, com os amantes.

Talvez – quem poderá dar resposta? –

só seja possível fechar os olhos,

pensar numa criança como num globo,

ser a criança e também o globo,

voar, livres, lá para cima, até faltar o ar,

longe da criança que, em baixo,

sozinha num pátio grande como um mundo

olha para o céu e chora.

 

Disse amor, única instância

cujo fermento ao ar não horroriza.

Dirão momentâneo reflexo

na água quieta,

no muro que o musgo não protege.

Mas, ainda assim, onde?

Enterrado

caído no interstício

de nenhum sonho,

apenas baba das coisas,

cena de arte de beleza

que teve lugar uma vez,

passou e agora é só peixe que dilacera

o frágil mar da memória?

 

Caminha, o vento sopra de frente

e, do longe, um riso longínquo, de criança ou mulher.

Não há nome

para essa árvore que se dobra,

para esse espelho onde pouca coisa se reflecte,

para esse grupo de espigas crestadas

que constitui, com o passar das horas,

a única paisagem. Mais tarde, em casa,

deitará, como é hábito, uma acha às chamas,

que julgará, como sempre, ser a última;

 

antes, a meio do caminho

traçará sobre o pavimento

uma linha de giz

que talvez não seja digna

de emular o rastro do caracol

há muito apagado pela chuva.

Entretanto as nuvens adoptarão muitas formas,

mas nenhuma terá a do seu rosto.

Mais que uma vez procurei,

sem sucesso, obter descendência

de uma sílaba perdida,

de um talo em outro talo enroscado,

de uma pena levada pela brisa.

Pouco houve, apenas isto,

uma quase inaudível respiração

do outro lado do muro,

um ninho pequeno, desarrumado e vazio

entre raízes espalhadas pela terra.

 

Garatuja vida

numa parede esfolada;

em baixo, a água imóvel

que nunca desgastará a pedra.

Inverno, por cada golpe de vento

repete-se a imagem de uma casa que desaba.

Enroupa-se e não se deixa de estar nu.

Despe-se e não se deixa de estar coberto.

Na madeira, um nódulo.

No chão ressequido, restos de lume, estilhaços.

E em cada coisa vista ou tocada,

o eterno e invencível mistério

que une a palavra vidro com a palavra filha,

quebra-se, os fragmentos dispersam-se.

 

II

Animal de margem,

nunca de centro.

Em viagem, não chega ao mar.

Em realidade, nunca parte.

Qual a sua casa, qual a sua cama?

À chuva bebe a sua água.

Tem sede, tem?

Fareja, levanta uma pata e urina,

em cima, remotas, as esferas.

Não conhece o cristal

e muito menos o cristal musical, puro.

 

E se o porco fizesse profecias

e o cão falasse nos sonhos,

e toda a visão se dissipasse

ao mero contacto com o ar?

 

Fecho os olhos e o mundo morre. Sylvia Plath.

Cantam os sapos no jardim do lado.

Aproximam-se nuvens negras, pesadas, muito lentas.

Vai chover e o mundo todo

ficará sepulto sob as águas.

Os sapos sabem bem disso –com o seu saber de sapos-

e cantam de uma maneira diferente, grave.

Os outros, os restantes animais, os homens,

não sabem, uns comem o que encontram

na erva, nas fendas dos muros,

outros sentam-se em mesas com toalhas aos quadrados

e tragam bocados de comida quase sem mastigar.

 

Dormirás, dormirei.

Acordaremos? Em volta,

lenha sobre lenha,

um pequeno charco,

silêncio.

Sonharemos. Acordaremos

para lhes dizer

o que sonhamos?

 

III

(A Hilda Paz)

Está no sangue, na pedra

que resvala pelo sangue, no

que se supõe livre,

no que se julga a salvo.

Água que contém a cabeça

do cordeiro, ainda

a sangrar. Extensão,

insone, tinge-se de vermelho,

vermelho quase preto.

No centro do dado,

num extremo do negado:

prego na madeira,

agulhão culpado da sua ponta

porém muito profundo

no osso, na carne.

 

A alma não mede, não significa.

O corpo mede mas não perdura,

significa pedra suave,

terra que não acolhe.

A quê ou a quem se parece?

dirige-se, toda unhas, e olhos, e unhas,

a algo obscuro e remoto

que não sabe que,

na ponta mais distante do mundo,

existe do que antes fora bosque

apenas uma desordenada, minguante folhagem morta.

 

Morte, trago-te uma prenda.

Ofereço-te polpa, seiva, racimo,

Dou-te beleza, bálsamo, o primeiro fruto.

Tem que haver algo ali dentro,

imóvel ou em trânsito,

e alguma coisa para o alcançar,

um prumo, uma sonda.

Casca ou tesouro

paixão ou almofada;

o que cai traz ânsia,

o que sobe não encontra

relâmpago, consistência.

Vida, agora vejo ramagens,

algodões, ácidos, nuvens.

Quem te habita,

quem supera a tua cifra,

o teu limite, o breve e fraco deus

que te habita, só,

a meio do caminho

entre a consumpção e o fracasso?

 

(Cecilia Gallerani)

Um só fósforo poderia iluminá-la,

mas que luz? Nos seus braços,

animal de magia e caverna

(desejo e temor)

Um só fósforo

poderia revelar o segredo

do casamento

entre o que está em cima

e o que está em baixo

primeiro passo em direcção ao ouro

último passo em direcção ao sonho

mais puro.

                Sim,

mas que luz?

 

Bebe sem ter uma fonte,

fala sem ter uma língua,

um idioma preciso.

Diante de uma água ventada,

um vento que sopra em coro,

uma música por ninguém executada

que, de revérbero em revérbero,

logo se extingue ou muito devagar amadurece.

Quem beija os seus pés húmidos

e a sustém quando, nas margens

dos caminhos, se dispersam

como folhas secas as visões?

Longe de mim e de quase todos,

talvez, o cheiro de um mar sempre distante,

uma carne...

 

De quem a polpa da fruta

quando pende sem testemunhas do ramo mais alto?

De quem o dia perfeito, a noite exacta,

o círculo, a pedra sem falha,

o inexpresso, o último e mais secreto?

Quem é senhor da água,

patrão do fogo, capitão do ar

quando há vento contra as árvores?

E este cão que ladra à beleza,

que morde a sua espessura e a sua substância,

este homem que semeia na lama,

descalço e só sob um sol indiferente?

Que somos quando só há sal e sangue,

sombras de brómio em longo cortejo,

luzes submarinas, frágil paraíso que se dissipa?

 

IV

Que força exerce sobre eles o seu influxo

enquanto sopram de baixo um certo incenso

em direcção a um céu remoto, imutável? A que

perdido sol veneram, quase nus?

Sentem medo, a seus pés a terra gira caótica,

diante dos seus olhos a morte adquire forma de chama

e o fogo consome arbustos até Orión,

o núcleo, Pennsylvania.

(Quanto mede e pesa agora o mundo,

agora que nenhuma pergunta é pertinente,

e nenhuma resposta satisfatória?)

 

(Paris, 18 de novembro de 1922)

1

Uma pequena sonata para mitigar

as aflições. O amplo e extenso a contraluz

se abre, para uns olhos que já o não podem ver,

por detrás da janela. Que foi feito

do aquoso, do espesso, do cálido?

O que é agora senão suores,

tremores, telas brancas?

Que será quando tudo

estiver carente de palavras

e a palavra valha, no fundo escuro,

entre lentos látegos e luzes imóveis,

menos que um balido

menos ainda que um uivo?

 

2

(Marcel Proust fotografado no seu leito de morte; a Mercedes Roffé)

O Eixo é agora seca artéria parada.

Nada salva. Nem o anónimo daguerrotipista,

nem a última carícia.

Que tem de céu esta paisagem

entre quase não ser possível respirar

até não respirar em absoluto?

Que é senão inferno

já não beber, não fumar,

não desejar coxas alheias,

apenas estar imóvel,

com os olhos abertos

até que, por piedade, os fechem,

à espera que chegue

o fogo, esse que virá,

dizem, para julgar tudo

para queimar tudo

duma vez e para sempre?

 

(A José Basile, in memoriam)

Agora é só tempo,

a torpeza da carne

abatida sobre o seu próprio,

incongruente, irreflectido desejo.

Se pudesse rodar a chave

encontraria do outro lado

pedra em pedra fechada.

Sustém a terra o seu pé,

a ladeira cortada a pique,

contém o seu silêncio,

a mancha nas suas costas cegas?

Agora, longe, o Carnaval do fictício,

o pacto do ramo com o musgo,

a monódia dos vivos

perante uma esfera descarnada.

Que vê, que imagina,

para além de si, azares, destinos?

 

(John Cage, 4 33)

No centro da terra

um piano em silêncio;

a música, os ruídos do mundo:

não há animal que não grite,

chie, uive, bufe, resfolegue;

não há coisa que não ranja,

rechine, fermente, exale.

No centro, um homem

imóvel diante do teclado;

a música, os ruídos dos outros;

murmúrios, sussurros,

aplausos, gemidos, bocas,

imprecações, arrotos,

flatos, preces, súplicas,

maldições, cânticos.

 

A minha idade é uma idade velha e amarga. - Mark Rothko a Robert Motherwell

A ferida não é curável,

abre-se amarga até ao dia,

até à hora em que,

de todas as partes,

a morte

mede palavra e futuro.

Não somos iguais

mas iguala-nos

o longínquo som do vento

contra outras pedras

nem brancas nem pretas.

No chão traçados de dever,

de juízo, que o vento

não apaga, e húmido nu

contra ressequido muro,

e um idioma de alfinetes,

de bichas de crianças por um prato,

de breve, inútil deus

na vertical, fraco, magro,

sozinho entre lacraus, entre cães.

Mas a parede também se levanta.

Também trepa o desejo pelas costas.

Também se ocupa do seu fundo o oceano.

Também levanta o mundo as suas defesas,

outorga odores às vulvas,

dissemina ervas, pó, estilhaços.

E mastigo com o meu único dente

o pão que às vezes celebro

e outras vezes nego.

 

(Edward Hopper)

Na borda do céu, casas

baixas, jardins que aguardam o seu esperanto,

na borda da terra, o tremor matinal,

o musgo profano, o corte

na viga do teto.

                             E atrás

de outra porta, bastante,

ainda insuficiente, o quanto consegue medir a mão:

a nudez, o ar imóvel,

uma sombra, ocre ou púrpura,  e mais para lá,

o que foge, a vida?, bandos de aves...

 

De que maneira pode alguém viver uma vida? - Rothko.

Na praia, frente às ondas, persiste e lamenta-se.

Lamenta-se como um homem,

um animal, uma mulher nua e esfomeada.

Que sol não é frio?

Que amor não é número secreto,

olho de tempo, erva seca a que darão fogo

aos pés do mais perfeito desconhecido?

Bebe do seu próprio ventre,

Masca o seu próprio mal, traga-o.

Lamenta-se enquanto anda ao contrário,

De costas, submerso, contrafeito

Pelo limite, a borda, o extremo,

A vida dá nós.

A morte, desata?

 

(Max Ernst e Dorothea Tanning no Arizona)

Cresce a pedra como cresce a planta,

sente o frio, o calor, o medo,

chora, grita, ri.

Que acreditar, que medida usar

de onde e até onde estender luz pela sombra?

Só o olhar, nu.

Só o sonho, vívido.

Erigir uma casa

no deserto para que o vento

a golpeie e, dentro, beijar, morder, acreditar

e desacreditar, recordar, esquecer, voltar a lembrar.

Quem geme, treme, deseja,

implora mais e mais beleza,

entra no outro como entra no espelho?

Outra vida que também é morte,

Forma veloz e fulgurante da morte,

Traz clarão, ilumina sítios secretos, profundos ocos.

 

(México) (Tina Modotti fotografada nua por Edward Weston, 1924)

Nutre-se de luz e de silêncio, exposta

e frágil e poderosa. Está viva

ainda, vivo o seu sexo. E não há medo,

a água corre em baixo, pelos túneis,

até uma boca com sede, imperiosa.

Nada a vigia, nem trai,

ninguém pode já negá-la ou negar a terra.

Ela foi olho, agora é olhar

e o que olha já não está sujo,

não repugna, encontra equilíbrio,

espaço, desfaz-se em espuma

e refaz-se em música.

E tudo o que lamentou agora abriga, consola.

 

(Frida Kahlo)

Cai um grande peso e é sombra,

solo coberto de folhas pútridas,

casa erguida no centro do mundo

e dentro da casa, escuro, alguém

com as mãos no rosto.

Como ficar nu,

golpear o fundo, a pedra?

Como soterrar a dor

encontrar certezas para lá do cansaço?

-Não estou doente, estou rota-,

então, gravar pudor e lei,

invocar o puro e o fértil,

persistir no dócil

com o ventre fundido na sombra?

 

(Último Klimt; a María Laura Barletta)

Sonha uma viagem, um compasso, uma iluminação.

(Nu em cálido purgatório, um espelho

e outro espelho para a vaidade,

um biombo do Oriente para abreviar a morte).

O que dá e o que recebe? A casa serve-se

de  anónimos e lascivos deuses:

por um traço, um umbigo

em cujo graal confluem miríades de seres;

por uma cor, o peso de um seio

quase submerso no seu próprio e ofegante reflexo;

por uma rede de sedas, acabada ou inconclusa,

um olhar-relâmpago em cujo extremo,

ébrio, vai o desejo livre de cifra, de teoria.

 

Û